Reflexión del experto, Ángel Zárate

He de comenzar, como no podía ser de otra forma, reconociendo la labor desarrollada por tantos y tantas profesoras a lo largo de su vida profesional. Casi siempre una labor callada y abnegada, y por eso más meritoria, si cabe. Todos hemos conocido en nuestra vida de estudiante ejemplos de docentes que nos han marcado y dejado algún tipo de huella indeleble en la memoria. Los recordamos por diferentes razones: por lo que pudimos aprender, por cómo nos hicieron aprender; por la entrega a su profesión o, en otros casos, por el afecto y cariño con que nos trataron, o por los valores que nos transmitieron. Es cierto también, que otros se han difuminado de nuestro recuerdo, probablemente porque no supieron tocar la tecla que nos emocionara, o no percibimos ilusión en su trabajo. Pero qué duda cabe de que también aprendimos de ellos.

Quienes nos dedicamos a esta profesión sabemos que lo que somos como profesores y profesoras, en buena medida lo hemos aprendido de quienes nos precedieron. Al mirar en el espejo de su vida profesional hemos visto la experiencia vicaria de sus modos y maneras. Un buen hacer que ha enriquecido nuestro bagaje de recursos profesionales, pero también nuestra personalidad como docentes.

En ocasiones se ha achacado a la profesión docente que se ocupase solo de comprobar los frutos obtenidos; es decir, certificar los conocimientos de sus alumnos, sin considerar suficientemente la necesidad de trabajar para que ese “árbol” plantado a comienzos de curso amplíe sus raíces, se nutra por sí mismo, crezca frondoso y, como consecuencia, dé sus mejores frutos. Todas las personas educadoras saben que del cuidado y atención que presten a su retoño dependerá la cosecha que se obtenga.

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