Reflexión de la experta, Emaize

Amores y desamores: nuevos sentimientos, nuevas emociones, nuevas experiencias desconocidas durante la infancia aparecen ahora sorprendiéndonos. Convertidas y convertidos en jóvenes, sentimos que el corazón se nos acelera cuando quien nos gusta nos mira, que nos excitamos cuando viene a nuestra mente, que el tiempo es interminable cuando no la/le vemos, que se nos salta el corazón cuando clica “me gusta” en nuestro perfil, que pasaríamos el día entero a su lado. A veces no sabemos ni ponerle nombre a todo esto.
¿Y qué hacemos cuando esto nos sucede? Quizás tengamos la suerte de tener ese amigo o esa amiga cercana que sabe qué nos pasa con tan sólo mirarnos y que nos echa un cable en plan “Celestina”. También hay quien intenta aconsejar desde sus escasas vivencias. Sin embargo, esos consejos muchas veces están apoyados –a falta de experiencias- en un ideal del amor que nada o muy poco tiene que ver con la realidad. Sólo hay que ver alguna película de moda, de éxito impresionante como “Crepúsculo” o las españolas “Tres metros sobre el cielo” y “Tengo ganas de ti”.

El argumento de este tipo de películas para público juvenil gira en torno a la relación romántica de pareja. Ella, cuidadora, buena chica. Gracias a su amor conseguirá “salvarle” a él, aunque sea a costa de su vida. El, malote, líder entre los machos o sensible vampiro, la protegerá de los peligros que le acechan. Versión moderna de Caperucita, el lobo y el cazador, con una pizca de “La bella durmiente”. Todo un clásico que no hace más que repetirse. Así, vemos que los personajes protagonistas son estereotipos inamovibles de masculinidad y feminidad, “ideales” sólo porque no pueden existir en la realidad.

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